Gospel Reflection

PALM SUNDAY (APRIL 5)

Is 50:4-7 Ps 22:8-9.17-20.23-24 Phil 2:6-11 Mt 26:14-27:66

Humility is a virtue that the human being in no way desires. My dignity—any human being would say—does not allow me to accept that others act unjustly toward me, that someone be above me or go against my interests, or contradict me in what I take to be the truth. This is not true dignity because with my attitude I am seeking, not recognizing the dignity of others, that others recognize and accept what I take to be my own dignity. This human attitude, preferred by the human being, is completely contrary to Christ’s attitude who, despite his divine condition, did not insist on being God; but, on the contrary, emptied himself and took the condition of a slave, passing as just one more person. What is the result of this kénosis, of this divine-human humility of Christ? That the Father bestows upon him a greater dignity: a name that is above every other name. By closing the doors to the attractive, apparent and perishable goods of this life, the virtue of humility opens the doors to the hidden, genuine and imperishable treasures of heaven. The reason is quite simple: divine goods are attainable in a manner that is the very inverse of the goods of this life; all this world’s money is not sufficient to buy our true dignity: to be children of the Father, brothers of Christ and temples of the Holy Spirit. This sacred dignity is given to us freely if we also recognize it in each of our brothers because Christ’s passion has merited it for us all. How many of us by lacking this spiritual virtue, for lack of humility or authentic dignity, have done what those who acclaimed Jesus as Messiah did during his triumphant entry into Jerusalem only to cry aloud a few days later for his crucifixion! Have we ever have had the undignified attitude of Judas who was among the first in the multitude to acclaim whom he believed to be the Messiah with even more enthusiasm than anyone else only to betray him cowardly some days later?

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DOMINGO DE RAMOS (5 DE ABRIL)

Is 50:4-7 Sal 22:8-9.17-20.23-24 Phil 2:6-11 Mt 26:14-27,66

La humildad es una virtud que el ser humano de ningún modo apetece. Mi dignidad —diría cualquier ser humano— no me permite que obren injustamente contra mí, que nadie esté por encima de mí o vaya contra mis intereses, que nadie me lleve la contraria en lo que creo es verdad para mí. Esto no es dignidad porque con mi actitud estoy pretendiendo, no reconocer la dignidad de los demás, sino que los demás reconozcan y estén en función de lo que yo pienso que es mi propia dignidad. Esta actitud apetecida por el ser humano es totalmente contraria a la actitud de Cristo que, a pesar de su dignidad divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¿Cuál es el resultado de esta kénosis, de esta humildad divino-humana de Cristo? Que el Padre le concede la mayor dignidad: un nombre sobre todo nombre. La virtud de la humildad, cerrando las puertas a las atractivas, aparentes y perecederas riquezas de este mundo, abre las puertas de los escondidos, reales e imperecederos tesoros celestes. La razón es bien sencilla: las realidades divinas se presentan de un modo inverso a las realidades de esta vida; todo el dinero de este mundo no es suficiente para comprar nuestra verdadera dignidad: ser hijos del Padre, hermanos de Cristo y templos del Espíritu Santo. Esta sagrada dignidad nos es dada gratuitamente si la reconocemos también en cada uno de nuestros hermanos porque con su pasión Cristo nos la ha merecido a todos. ¡Cuántas veces por falta de talante espiritual, por falta de humildad o de auténtica dignidad hemos hecho lo que hicieron aquellos que aclamaron a Jesús como Mesías en su entrada triunfal a Jerusalén y a los pocos días gritaban su crucifixión! ¿No habremos tenido alguna vez la actitud indigna de Judas que estaba entre los primeros de la multitud, vitoreando con más entusiasmo que nadie a quien creía el Mesías para traicionarlo cobardemente unos días más tarde?

Proverbios de Fernando Rielo

Quienes piensan que la amistad es una mina de favores sólo temen agotarla.